No me decían mis libros que sus dogmas eran las únicas ventanas horadadas en el muro de la noche que nos envuelve y que el único camino abierto hacia la alegría era el pavimento de sus catedrales, gastado por las lagrimas.
No me decían mis libros que sus dogmas eran las únicas ventanas horadadas en el muro de la noche que nos envuelve y que el único camino abierto hacia la alegría era el pavimento de sus catedrales, gastado por las lagrimas.